Esta vez va una entrada que no sé muy bien como acabará pero sé por donde empieza.
Empieza con 9 meses que han sido los mejores, que no se repetirán pero de los que estoy segura que no voy a olvidar detalle alguno. En los que he compartido no sólo risas y llantos, no sólo alegrías y penas, si no una amistad que espero que dure para siempre porque se ha forjado en los abrazos brindados cada vez que venían los malos momentos y los mismos que llegaban con las buenas noticias.
De Salamanca he aprendido, que vivir sola es duro, que cuando mamá se queja de que ensuciamos o de lo poco que ayudamos en casa, no le falta razón. Que compaginar bien la fiesta y los estudios no es fácil, pero se puede hacer. Con cabeza, eso si. He aprendido, lo que jode quedarte en casa estudiando por no haberlo hecho cuando toca. ¡Y LO MUCHO QUE DUELE QUEDARTE SIN SAN JUAN!
Y por supuesto, quererse comer el mundo lo único que consigue es que el mundo acabe por comerte a ti, y eso lo ves con las primeras notas. Que las oportunidades están ahí y hay que aprovecharlas, porque no muchas veces se te vuelven a ofrecer.
Las lagrimitas que se caen cuando vuelves a hacer la maleta al final del curso, y hay que volver a casa. Y es que otra cosa no, pero de buenos recuerdos llevamos una maleta llena.
Por cada una de las personas que han formado parte de una experiencia inolvidable.
Y por que los años que están por venir sean cada vez mejores, únicos y claramente destacables como los mejores de mi vida.
