Una barrera. Ganas de tumbarla y dejar que cada una de las emociones que esconde, salgan por fin al exterior. Un paso más cerca.
La forma en que aparta los mechones que me caen sobre los lados de la cara, la forma en que es capaz de hacerme reír a carcajadas cuando solo quiero llorar. La manera en que me observa al dormir. Notar mi pulso acelerarse cuando me roza la piel. Perderme en sus miradas.
Miedo. Ese miedo a ser herida. A que duela tan fuerte que no sea capaz de desahogarme. Creí haber perdido la posibilidad de llegar a alcanzar de nuevo esa sensación. Pero ahí está, haciéndose grande a cada palabra, a cada salto.
¿Confianza y sinceridad? Las mejores claves para asegurar cada pasito.
Las oportunidades están para aprovecharlas. Cada una de las que se ofrecen. Porque de los errores se aprende y no hay que tropezar dos veces con la misma piedra. ¿Es difícil? Para nada. Cuando algo merece la pena, ni si quiera es planteable equivocarse de la misma forma y en el mismo sentido.
Transparente, pero vulnerable. Fuerte, pero alcanzable.
Y dirán que repito las palabras que un día dije, cambiando el destinatario. Error. Las palabras no se miden por las veces que se dicen, sino por las veces en las que son ciertas. Cuando la felicidad de alguien es parte de la tuya, entonces no importa cuantas veces hayas repetido sentimientos, sino las veces que los has demostrado con hechos, sonrisas y detalles.
Alguien me dijo alguna vez, que quien te quiere te hará llorar. Pero señores, si ese llanto es de felicidad es cuando verdaderamente es valioso y no al revés.
¿Conclusión?
Midamos las palabras y los hechos. Pero no dejemos escapar las sonrisas que son sinceras.

No hay comentarios:
Publicar un comentario