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domingo, 3 de noviembre de 2013

Llenando maletas de recuerdos.

Me pasaré la vida llenando maletas de recuerdos. 

Cada vez que deshago una maleta al llegar a casa, van surgiendo cada una de las sonrisas que ese viaje me haya brindado, ya sean tristes y de ojos cansados o felices y de brillo en ellos. 
Esa sensación al preparar la maleta cuando comienza tu viaje, esa emoción y esas ganas de que todos los planes salgan bien. Poner música y comenzar a rellenar huecos como si fueran las piezas de un puzzle. 

¿Euforia? Sí quizás podríamos llamar así a esa sensación, acelerar cada paso y correr al llegar a la estación con unas ganas locas de aprovechar al máximo cada segundo. 

¿Pero qué pasa cuando la maleta se rehace, con las nuevas sensaciones? Esa no mola tanto ¿¡eh?! 
Porque cuando antes corrías a rellenar huecos, ahora te ralentizas mientras vas colocando con cuidado cada prenda. Arrastrar con parsimonia la maleta y los bultos hacia la estación, que al principio te parecía el mejor sitio del mundo, y en ese instante, te recuerda al lugar más horrible del planeta. El mismo que días atrás te traía sonrisas, ahora solo te brinda lágrimas e impotencia de no poder cambiar un destino que parece escrito previamente. 

Un lugar tan simple como una estación. Que encierra entre sus paredes, miles de historias. Unas tristes y otras felices, pero al fin y al cabo, siempre nos vamos a quedar con la idea que en ese momento pueble nuestra mente. Si estamos tristes, la mala, la melancólica. Pero por el contrario, con el sentimiento opuesto, la buena, la del reencuentro. 

¿Qué pretendo decir con todo esta reflexión? 

Pues joder, ¿qué voy a querer decir?

LA VIDA ES DEL COLOR QUE TU QUIERAS PONERLE.

¿Quieres ser feliz? LUCHA POR CONSEGUIRLO, LAS COSAS NO LLEGAN SOLAS. 

¿No quieres? Abre la ventana, el día será todo lo oscuro y gris que tú quieras. 

Yo me quedaré con los recuerdos. Que cuando el día se vuelva gris, lo tornarán soleado. 

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