Páginas

lunes, 9 de febrero de 2015

Las dos piezas del puzzle.

La verdad es que no sé por donde empezar. 
Creo que a veces, cuando ves algo que se tambalea un poquito es cuando más aprecias lo que significa para ti. Eso no quiere decir que a diario no lo hagas, pero ya lo dice esa famosa frase "No sabemos lo que tenemos, hasta que lo perdemos". Pues bien, no hace falta en realidad, pero a veces la incertidumbre si es cierto que nos abre más los ojos que de costumbre. 

Hoy después de un enfado tonto, como es fácil que ocurra cuando pasas mucho tiempo con alguien, soy consciente de la de cosas que se me pasan por la cabeza con sólo imaginarme por una milésima de segundo, que un día por h o por b, desaparecieses de mi vida. No voy ni a molestarme en hacerme a la idea, porque no cabe en mi cabecita.

La verdad es que suena cursi, y precisamente este blog está lleno de una gran cantidad de todas esas cursiladas, pero por muy distintos que seamos en algunos aspectos, somos también muy parecidos en otros tantos y eso precisamente es lo que hace que este puzzle encaje. 

Quizás no seas ni el más guapo, ni el más gracioso (si, lo siento, eres incapaz de superar mi sentido del humor, tendrás que seguir intentándolo), ni el que tiene los ojos más azules, ni el mejor (habla con tu Modesto, a lo mejor no opina igual). Pero para mi, eres perfecto. Perfecto con tus virtudes y tus defectos, que te hacen humano, y una persona que se equivoca, igual que yo. Perfecto porque siempre estás, por no haberme fallado. Nunca me has dejado llorar sola con mis problemas, aunque no hayan sido muchos. Cuando menos lo esperaba aparecías con alguna chorrada que me hacía reír y si pese a tus intentos no lo conseguías, me dejabas desahogarme y llorar a moco tendido, pero eso sí, mientras me abrazabas muy muy fuerte y proseguías en tu intento de sacarme una sonrisa o al menos un "estás más tonto...". Y con eso, bueno, con eso no se puede competir.

Me haces sentir la persona más afortunada del mundo cuando te veo entrar por la puerta o simplemente, cada vez que siento uno de tus abrazos. Esos abrazos en los que me encantaría perderme tanto como para detener el tiempo. 

Tú siempre dices, que aunque discutamos de vez en cuando por una mala contestación en el momento menos oportuno, eso no quiere decir que hayas dejado de quererme, y sé que es cierto, aunque yo con mis paranoias crea que este puzzle es como un hilo frágil y pequeño que en cualquier momento se soltará de alguno de los extremos. 
Y es que sabes que a veces el miedo a perderte es tal que me hace ver las cosas de un modo poco lógico. Ese miedo, que nace de todas las sensaciones que me haces sentir día tras día junto a ti. 

Pero hoy, escribo esto pensando en algo tan fuerte que espero que ni nosotros seamos capaces de estropear con nuestras malas contestaciones, que en el fondo, en fin... No son más que palabras que se perderán en el tiempo. Porque si algo he aprendido de ti, es a tragarme el orgullo cuando la ocasión lo merece, y a nunca rebajarme al nivel de quien así lo pretende. Y si algo he aprendido de ti, es que a quererte no me gana nadie. Gracias por enseñarme a ser un poquito mejor cada día. Eres la casualidad más bonita que se me ha cruzado en el camino.

Te quiero. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario