Abro los ojos sobresaltada por la alarma. Me remuevo en la cama pero esta vez despierto sola. Quiero seguir durmiendo, voy a pasar de ir a clase. Mierda, tengo prácticas, hoy no puedo escaquearme...
Me meto en la ducha sin un atisbo de tan siquiera una leve sonrisa, dejando que el agua corra sobre mi piel, acariciándola suavemente. Cierro los ojos e intento relajarme. Tú. Como siempre vienes a mi mente. Abro los ojos de nuevo. Sacudo la cabeza e intento no entretenerme demasiado, no puedo llegar tarde.
Salgo de la habitación ya vestida y ahí está mi compi desayunando. Al menos así tengo conversación y algo de distracción para esta mañana que tan dura se hace.
Tras lo mucho que costaba ayer conciliar el sueño, agarrada a ese cojín que lleva la camiseta que has usado de pijama, esa que aún huele a ti, después de dormirme pensando cuan injusto es tener que deshacer y hacer maletas más rápido de lo que desearía, hoy solo podía ser un día un poco mejor, pero no me lo parece. El tiempo parece que se arrastra lentamente cuando volvemos a poner tierra de por medio.
Tras lo mucho que costaba ayer conciliar el sueño, agarrada a ese cojín que lleva la camiseta que has usado de pijama, esa que aún huele a ti, después de dormirme pensando cuan injusto es tener que deshacer y hacer maletas más rápido de lo que desearía, hoy solo podía ser un día un poco mejor, pero no me lo parece. El tiempo parece que se arrastra lentamente cuando volvemos a poner tierra de por medio.
Estoy harta de rogar que el tiempo corra cuando no estoy a tu lado, y aún así no veo otra forma mejor de seguir buscando ese ansiado objetivo que me propuse, que saciando mi sed con el oasis de nuestros encuentros en medio del desierto de esta difícil batalla.
Paseo por esas calles que ahora ya no me parecen tan hermosas. Y es que recorrerlas sin ese abrazo que me envuelve y me reconforta hace que todo tenga otro color.
El frío ha vuelto a esta ciudad, y estoy segura que en muchos más sentidos de los que me gustaría.
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