Ni si quiera puedo desahogarme y gritar lo que pienso. Porque no haría más que dañarme a mi misma. Y es que el problema, es que mi puto sexto sentido, avisa antes de que las cosas pasen. Y no me hace ni puta gracia. Quizás me equivoque, en el fondo así lo espero. Pero y si no? Otra vez? Cuando las cosas se tuercen, ¿es mejor abandonar? Pero si siempre han querido que luchase, ¿porque no iba a seguir haciéndolo?
Ni yo misma sé en muchas ocasiones lo que me pasa. A veces me monto mis propias películas y lo peor es que eso te crea unas ralladas sin fundamento que no hacen otra cosa que clavarte dagas que poco a poco te van desangrando por dentro.
La rabia y la impotencia de estar al descubierto viendo como la tormenta se avecina y sin poder hacer absolutamente nada para evitarlo. Eso, es lo que me pasa. Que ni si quiera tengo argumentos para saber que lo que pienso es cierto. Pero a veces parece que sólo tenga que escuchar y saber interpretar.
Cuando las cosas van de maravilla, no te preocupes, que ya vendrá alguien o algo y las joderá. Que puedes seguir intentando salir a flote pero los eslabones débiles de la cadena pueden acabar por partirse.
Y aquellos que me lean pensarán que soy imbécil por decir aquí, en un sitio que no es para nada privado, todo aquello que alguien podría leer y darse por aludido. Sí, quizás lo sea. Pero a alguien tenía que contárselo, aunque sea mediante simbología y palabras sin sentido para aquellos ajenos a mi vida.
A todos nos gusta que nos presten atención, que nos hagan caso, incluso a aquellos que lo niegan, esos seguramente sean los que más lo necesiten. Pues bien, llegará ese momento en el que estalles, no lo dudes. Y seguramente incluso será en el momento menos oportuno.
Si algo he aprendido en el tiempo fuera de casa, es que cuando tienes que enfrentarte tu sola a las ostias que la vida te va dando para evitar que llegues donde quieres, la cosa es mucho más complicada, te curtes y te haces más fuerte. Pero a la vez sigues siendo débil.
Sigues necesitando hombros en los que llorar y oídos que quieran escuchar. No sirve de nada que te oigan, si no te escuchan. De qué sirve esforzarse si no se nos recompensa. Egoísta, me vais a llamar. Pero no siempre el eslabón fuerte aguanta más que el débil. Que siempre he estado en la cuerda floja, deseando que aunque sea fina y de hilo, aguante los huracanes que se le pongan por delante.
El verdadero problema es cuando la parte que amarra la cuerda a ambos lados del precipicio, empieza a temblar.
¿Fortaleza o debilidad? Esa es la cuestión.

No hay comentarios:
Publicar un comentario